Palabras del colectivo Nodo Solidale para el Encuentro

Entre los y las que luchamos por la vida tenemos mucho que compartir a un nivel diferente que entre las organizaciones proletarias de antaño. La gran mayoría somos parte de movimientos sin dirigentes, sin partidos, sin un enemigo claro en la burguesía nacional, sino que la mayoría enfrentamos a las grandes empresas, al narco o a las mafias, policías y ejércitos que no están a guardia de una nación sino de un proyecto económico o un cártel; la gran mayoría defendemos una casa, un centro social ocupado, un parque, una montaña sagrada, una radio comunitaria, un lugar donde trabajamos o estudiamos, es decir anclamos nuestra resistencia a un territorio bien definido,

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[MESA: RESISTENCIA GLOBAL]

Compañeras y compañeros,

reciban un abrazo rebelde del colectivo Nodo Solidale. Somos un pequeño grupo de militantes por la vida con un sueño revolucionario plantado en dos orillas, una en México y la otra en Italia, Europa.

Hoy nos sentimos, tal vez como también todos y todas ustedes, sobrevivientes. Sobrevivimos al temblor que hace un año en Amatrice (Italia) mató a 300 hermanxs. Sobrevivimos al temblor del 7 de septiembre en Chiapas y Oaxaca que mató a otrxs 100. Sobrevivimos al terremoto del ensañado 19 de septiembre, que nos arrebató a otros cientos de hermanas y hermanos en el centro del país.

Pero todavía seguimos vivos y vivas ante el terremoto neoliberal, cuyo epicentro está entre el Consejo de Washington y los hoteles de Davos, y sobrevivimos a sus réplicas feroces, las sangrientas sacudidas del narco-poder en este cementerio que se llama México. Estas catástrofes hicieron y siguen haciendo aún más estragos entre los pueblos que ningún huracán o sismo.

A los hermanos y a las hermanas que hoy no están va nuestro abrazo. Ellos y ellas son la razón por la cual seguimos cantando, por la cual reímos y luchamos, aunque los ojos se desbordan de lágrimas.

Queremos compartir ahora un poco de nuestra reflexión sobre el sentido que le damos a la resistencia global, después de más de 11 años de andar por el mundo como colectivo, buscando tejer luchas tan diferentes y a la vez tan similares.

Nos preguntan y nos preguntamos: ¿qué hace una italiana en Chiapas? ¿Un boliviano en Rojava? ¿Un catalán en territorio mapuche? ¿Una mexicana en un pueblo de Palestina? Dicho de otra manera, ¿cuál es el sentido de la solidaridad internacional, más allá del “turismo revolucionario”?

 

Lo que iremos comentando son palabras que buscan dibujar lo que sentimos: para nada queremos crear nuevas categorías o andar forjando nuevos conceptos. Simplemente quisiéramos compartir nuestras inquietudes, conscientes que nuestros elementos teóricos son sólo una (quizás torpe) adaptación de las experiencias vividas.

Somos y seremos internacionalistas. Nos sentimos herederos de esta tradición de lucha que ha llevado a los mejores hijxs del pueblo a luchar en cada selva del mundo por un porvenir socialista (o por lo menos democrático) sin pensar demasiado si su pasaporte encajaba con los colores nacionales a liberar.

Sin embargo, ¿qué significa hoy “internacionalismo”?

Pensamos que la modernidad capitalista ha transformado las relaciones adentro y afuera de los Estados Nación, por lo cual no cambia el sentimiento de rebeldía pero sí cambia la forma de conectar las luchas contra este monstruo, esta Hidra Capitalista.

Perdónenos la simplificación, pero es así como lo sentimos: antes estábamos entre sectores populares organizados por grandes partidos y sindicatos, algunos armados, otros no. Pero la gran mayoría respondían a un trabajo de masa, con su dirigencia encabezando la lucha contra la burguesía y el Estado, por la liberación nacional, la toma del poder y la transformación del Estado Burgués, esclavo del imperialismo, en un estado socialista o democrático. En esta guerra de liberación la lucha de clases se encarnaba en la lucha por la independencia en gran parte del planeta y en la lucha de los obreros en el Norte del mundo. Los grandes frentes, partidos y guerrillas se ayudaban, a través de la solidaridad revolucionaria, en la lucha que cada quien tenía contra su burguesía nacional, todas sirvientas del patrón del Imperio: Estados Unidos.

¿Qué queda de este panorama hoy?

Casi nada. El enemigo ya no tiene su cabeza sólo en Estados Unidos, las cabezas de esta maldita Hidra están en todos lados, en los mil consejos de administración de las muchas empresas trasnacionales. En Europa la clase obrera se hizo añicos y la fragmentación de los de abajo es espantosa: la mayoría del proletariado se dedica a cazar y denigrar al aún más pobre, el y la migrante. Los Partidos Comunistas, en su gran mayoría, tronaron bajo el peso de su misma burocracia ante la embestida neoliberal y la caída de papá URSS.

 

Los procesos de liberación nacional en su mayoría quedaron incumplidos, liberándose de los gobiernos coloniales sólo para pasar al yugo de las grandes empresas. La solidaridad internacional de práctica del proletariado militante se volvió un rentable negocio para las ONGs.

No todo fue en vano, sea claro. Estaríamos todavía sufriendo a Mussolini, Somoza, Batista y otros dictadores asesinos. Pero hoy todo es diferente, mirando el presente con los ojos de los tiempos del internacionalismo clásico veríamos sólo un desastre.

Entre los escombros de las luchas que nos antecedieron se fueron forjando nuevos actores. La lucha de clases se fragmentó pero también se multiplicé en miles y miles de pequeñas luchas territoriales, barriales, por los derechos de todo tipo de minoría. Brotaron y siguen brotando cientos de colectivos, comités y cooperativas que, defendiéndose contra uno u otro despojo, van encarando al capitalismo no en la carrera por la toma del poder sino calle por calle, bosque por bosque, monte por monte, vida por vida. Es una lucha de hormiguitas contra el Poder, claro, pero vista con la justa distancia, la fragmentación se revela como una constelación de resistencias en la noche de la opresión. Quizás no sea suficiente para destruir la máquina, pero para todxs ya es imperativo frenarla.

Ante un capitalismo cada vez más extractivista, donde el despojo vuelve a ser el modo principal de acumulación, la defensa del bien común se vuelve estratégica y, en los hechos, representa el eje de la mayoría, de las luchas locales en todo el planeta. No siempre tales luchas se definen anticapitalistas pero, en la guerra que el neoliberalismo hace contra la humanidad, el solo hecho de ser luchas, las hace enemigas del capitalismo. Porque hoy la guerra global se ha polarizado: o luchas por la vida o te sometes al sistema de muerte, ya no hay opciones.

Entre los y las que luchamos por la vida tenemos mucho que compartir a un nivel diferente que entre las organizaciones proletarias de antaño. La gran mayoría somos parte de movimientos sin dirigentes, sin partidos, sin un enemigo claro en la burguesía nacional, sino que la mayoría enfrentamos a las grandes empresas, al narco o a las mafias, policías y ejércitos que no están a guardia de una nación sino de un proyecto económico o un cártel; la gran mayoría defendemos una casa, un centro social ocupado, un parque, una montaña sagrada, una radio comunitaria, un lugar donde trabajamos o estudiamos, es decir anclamos nuestra resistencia a un territorio bien definido,

 

y nuestra lucha es liberar o defender ese territorio ante un despojo.

Viéndolo de esta manera, las luchas que llevamos en cada esquinita del mundo entonces se parecen mucho más. Tenemos mucho que compartir entre compas, en mil idiomas pero con tácticas y estrategias que se pueden parecer y comparar. Eso ya no es asunto de dirigentes sino de militantes de base, amas de casa, campesinas, sindicalistas, estudiantes, asunto del pueblo humilde que lucha, que ya puede prescindir de intelectuales o dirigentes que lo guíen.

Nos dimos cuenta que muchas veces las empresas que nos despojan son las mismas. Nada más un ejemplo: quienes construyen los asentamientos ilegales israelíes en Palestina son los mismos que levantan el muro en la frontera México/Estados Unidos y son los mismos socios financiadores de una nueva enorme plaza comercial en Roma, Italia.

La sociedad del poder, que lleva a cabo la guerra global permanente, está conformada por las mismas transnacionales que actúan en todo el mundo a costa de cada unx de nosotrxs. Entre la periferia y el centro cambia la intensidad de la barbarie, la ferocidad de su despliegue destructor; pero los dispositivos de cooptación, control y represión son idénticos: dividir a los movimientos, controlarlos o desviarlos con partidos políticos, comprar/ encarcelar y eventualmente matar a lxs militantes más al frente, infiltrar para dividir más, regalar despensas y migajas o enajenar con drogas a la juventud.

Sentados en frente de las fogatas en los plantones, en las guardias en las barricadas, en los tequios, en la construcción y reconstrucción de lo nuestro, en la resistencia con las resorteras en mano o con una guitarra cantando, hemos compartido historias y secretos que nos han sido útiles a cada unx en sus luchas. Hemos escuchado a los pueblos, que nos recuerdan como volver a ser comunidad, nos ayudan a recuperar la relación con la tierra, también en lo urbano, y nos enseñan como ser seres colectivos y no individuos consumidores. Con un esfuerzo de humildad, de escucha mutua, se crea la solidaridad entre pares; esto es, más allá del internacionalismo, algo que llamamos complicidad global en la resistencia.

No es un apoyo de norte a sur, no es una vanguardia que habla con otra vanguardia, quizás es mucho menos pero es mucho más horizontal, es acercamiento de corazón a corazón con intercambio directo. Quizás es lo que lxs revolucionarixs kurdxs llaman “universalismo”, refiriéndose a lxs combatientes de todo el planeta que llegan allá a combatir al fascismo del Estado Islámico.

 

Hoy no tenemos el apoyo masivo de los sectores populares y menos las infraestructuras de las grandes organizaciones: por lo común se trata de luchas territoriales o pequeños colectivos que se encuentran con otros similares a ellos, pero juntos somos gotas del mismo aguacero que buscan hacer florecer otro mañana que no sea esta pesadilla. Islas en el océano de la desesperación que intentan tender puentes entre ellas.

Eso no se logra con declaraciones, sino con encuentros que sean capaces de generar momentos vivenciales profundos, donde los y las que luchamos nos tocamos, hablamos, sentimos y sobre todo compartimos dolores y esperanzas. De esta manera, sin olvidar las diferencias de clase, género y etnia que nos separan, ya no importa que lugar nos parió sino importa el presente que combatimos y el mañana que construimos.

Quizás por burros, no hemos aprendido todavía el tzeltal, el zapoteco, el kurdo y el árabe. Pero hemos aprendido mucho de estos pueblos. Sudando y riendo, cantando y trabajando nos hemos entendido perfectamente: estamos para luchar, importa poco si el balazo que nos tiran lleva bandera de otro gobierno del que nos explota en nuestro país de origen.

Entonces, desde esta perspectiva, ¿quién acompaña a quién? Si la mejor solidaridad es la lucha misma ¿cuál es la diferencia entre solidarizarse y luchar? Si todxs estamos en puntos diferentes de la misma trinchera, ¿qué importa el color de la piel o el sello en la identificación oficial? Quizás suene a provocación pero hacemos estas preguntas tanto a aquellos que siguen midiendo las luchas con el metro occidental de su doctrina revolucionaria cuanto a aquellos que hacen de la etnicidad el argumento de una nueva superioridad poscolonial.

Como estudiantes de la Escuelita Zapatista, nos hemos sentido cálidamente en casa en una choza en la Selva Lacandona; así nos sentimos abrazados en las largas discusiones con lxs hermanxs de la Alianza Magonista Zapatista; sentimos el mismo miedo y el mismo coraje durante los días difíciles y formidables de la APPO en Oaxaca y del bloqueo magisterial-popular en el km 46 del Autopista San Cristóbal – Tuxtla, el año pasado; tuvimos frío y nos agobiamos por nuestros presos políticos durante los plantones en Santiaguito, en Texcoco y frente de la Catedral de San Cristóbal; conocimos la represión en Palestina, en Kurdistán, en Monterrey, en San Juan Copala, en Guerrero, en Italia, en Argentina y en Brasil y los pinches gases ahogan igual en todoslados, así como las balas matan de la misma manera. Las mismas heridas en todos los continentes.

En fin nos preguntamos, ¿qué le falta a esta complicidad global para que pueda ser mañana no un bloque rojo sino un enjambre de avispas enfurecidas contra la Hidra capitalista?

En primer lugar, pensamos que nos falta construir y compartir herramientas para hacer frente con fuerza ante las desapariciones, los feminicidios, los asesinatos y violaciones que azotan nuestros barrios y comunidades. Necesitamos encontrar las formas de ir más allá de la denuncia y construir una capacidad organizativa de defensa y cuidado que nos saque de la parálisis y el miedo. Entre luchas y colectividades, necesitamos compartir y darnos herramientas para actuar también cuando la violencia ocurre al interior de nuestras propias casas, espacios organizativos y de confianza, intentando salir de estas situaciones con un crecimiento político colectivo, construyendo espacios políticos y de vida en donde se sientan invitados y cómodas para luchar, mujeres, hombres, niñxs, jóvenes o ancianos, independientemente de su origen, de sus creencias, gustos o estado de salud.

En general pensamos que nos falta conocernos más, ir descubriéndonos en cada esquina del mundo en resistencia. Apoyarnos unx a otrxs con brigadas, talleres y encuentros. Para eso hace falta takin, dinero y recursos pues. Pensamos que los pueblos zapatistas nos mostraron una posibilidad, autogestionada y de mucha dignidad, de generar recursos a través del trabajo colectivo. También el EZLN nos ha mostrado la constante disposición a realizar pequeños y grandes eventos internacionales, cuyo objetivo – según nosotrxs – no es sólo el evento en sí, sino la posibilidad de desprender de éste cientos de encuentros informales, políticos y humanos que pueden derivar en miles de tareas resistentes, un poco más conectadas entre ellas. Y para eso, además de recursos autogestionados, también hace falta construir un lenguaje común, que no sea un nuevo vocabulario homologado como se usaba en el internacionalismo clásico sino un actitud a comprender el cruce de muchas cosmovisiones; la situación de un posible diálogo de miles de luchas locales impide de por sí un vocabulario compartido, entonces quizás, nuevamente, la práctica, los trabajos colectivos y la convivialidad sean las herramientas para hablarnos y escucharnos con el corazón.

Nos despedimos, compas, con un abrazo más a las madres que buscan a sus hijos, Solidarizarse significa exactamente luchar y no dejarlas solas en estas búsquedas, porque los y las ausentes nos faltan a todxs. El dolor de la muerte, la desaparición y la cárcel que antes sufrían sobre todo los militantes y las revolucionarias hoy les toca a las familias de todo el pueblo, no podemos permitir este genocidio.

Es una guerra contra la humanidad y lo más humano, hoy en día, es luchar contra esta guerra.

 

NODO SOLIDALE – México

 

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